
El 14 de octubre de 2025 quedará grabado como otro día oscuro para el béisbol camagüeyano. Por segunda vez en esta Serie Nacional, al equipo de Camagüey se le incauta un partido —esta vez frente a Holguín— por utilizar un jugador impropio, es decir, un pelotero que no estaba en el listado oficial de jugadores habilitados para ese encuentro. Un error administrativo que, en un torneo profesional y con tanta historia como la Serie Nacional, resulta imperdonable.
Una falta que cuesta caro
El juego, que había concluido con una victoria de los Toros en el terreno, fue revertido en la mesa, con el fallo de la Comisión Nacional declarando ganador a Holguín por reglamento. Y así, un esfuerzo colectivo, horas de preparación y el sacrificio de los peloteros quedaron anulados por un fallo de quienes deben garantizar el cumplimiento de las reglas: la dirección del equipo.
La segunda mancha
Lo más grave no es que haya ocurrido, sino que ya había pasado antes. Camagüey sufrió un castigo similar semanas atrás por un error en la rotación de su staff de lanzadores. Que vuelva a repetirse demuestra una negligencia directiva alarmante, un nivel de desorganización que no puede tener cabida en un plantel con aspiraciones competitivas. Dos incautaciones en una misma temporada no son casualidad: son el reflejo de una dirección sin control, sin rigor y sin planificación.
Una afición indignada
La fanaticada camagüeyana —que sigue al equipo con una pasión inquebrantable a pesar de los tropiezos— ha reaccionado con profunda indignación. Muchos seguidores sienten que el problema no está en el terreno, sino en el banquillo y la oficina técnica. Los jugadores luchan, batean, lanzan… pero los errores de gestión les arrebatan victorias que se ganan con sudor. Y eso, sencillamente, no tiene justificación.
¿Dónde está la responsabilidad?
El béisbol no solo se juega con guantes y bates: se juega también con orden, respeto y profesionalidad. La dirección de Camagüey le debe una explicación seria a su afición y, más aún, una rectificación inmediata. No se puede aspirar a la grandeza si se tropieza dos veces con la misma piedra.
El talento está. La entrega, también. Pero mientras los errores burocráticos y la falta de autoridad sigan definiendo resultados, Camagüey seguirá siendo su propio enemigo.
Y en el béisbol, como en la vida, no hay peor derrota que la que uno mismo se provoca.






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